jueves, 12 de noviembre de 2020

Todos los Pájaros del Cielo, de Charlie Jane Anders


Hola hola! Os presento mi lectura para la categoría Autora trans del #LeoAutorasOct. Si, lo sé, es noviembre pero aún sigo viviendo en la Spooky Season y no me arrepiento. Sin embargo, el tiempo va en mi contra y la navidad va entrando poco a poco en mi vida, así que es momento ya de publicar las reseñas que me quedan. Este libro también lo cogí de la biblioteca. En físico, en mi biblioteca municipal fav de Madrid (vamos, a la que voy a estudiar siempre). Sin más preámbulo, ¡vamos allá!

Sinopsis

Patricia es una bruja que tiene el don de comunicarse con los animales. Laurence es un geek que ha construido una máquina del tiempo que le permite viajar dos segundos hacia el futuro. Juntos sobreviven como pueden al infierno de crecer siendo los raros, los marginados. Hasta que sus vidas toman caminos diferentes…Cuando se reencuentran, ya adultos, Laurence se ha convertido en un genio de la ingeniería que trata de salvar el mundo —o al menos a un 10% de la población mundial— en el San Francisco de un futuro próximo. Por su parte, Patricia ha terminado sus estudios en Eltisley Maze, la academia oculta para magos y brujas, y trabaja en secreto para intentar paliar los innumerables males que asolan la Tierra. Aunque provienen de mundos enfrentados, la bruja y el científico descubrirán que tal vez tengan más en común de lo que piensan.

Reseña

La premisa me llamó bastante la atención. La historia empieza en la niñez de los protagonistas, que se unen ante la necesidad de no estar solos. Se hacen inseparables, cada uno entendiendo las extrañezas del otro, pero siempre expuestos a una sociedad que no les comprende. Es inevitable no empatizar con ellos, con sus ganas de ser ellos mismos y a la vez de encajar en el instituto. Pero en su amistad se entromete un tercero: Theodolphus, un asesino que ha visto el futuro y cree que de la mano de ambos niños llegará el apocalipsis. 

La acción parece transcurrir bastante rápido en esta primera parte, pero hace un salto en el tiempo y la trama avanza con más lentitud, aunque la profecía sigue marcando el camino: el mundo, tal y como lo conocemos, va a llegar a su fin. No es algo abrupto e inmediato sino algo que ya se ve venir de lejos: el cambio climático. Ambos protagonistas están inmersos en detenerlo: Patricia ayudando a cada ser (humano o no) que encuentra y Laurence creando la máquina que nos ayudaría a huir de la Tierra. Eso define su carácter como personaje, ella siempre preocupada y él siempre huyendo. 

Aquí es cuando la historia se difumina un poco. El apocalipsis está ahí, pero como pasa actualmente, es algo que aunque esté ahí no se nota. Por eso la novela se centra mucho en como forjan de nuevo una relación Patricia y Laurence tras encontrarse ya de adultos. Decae un poco el ritmo aunque ahonde en los personajes. Yo me lo tomo como metáfora: la vida distrae del problema y muchas veces se mira hacia otro lado. Pero la verdad es que ralentiza la lectura y se centra mucho en su historia de amor. Y el final... AHÍ LO DEJO.

La forma de narrarlo me ha parecido fresca, juvenil. Transmite de forma divertida la historia. Esa parte me ha encantado. Sin embargo, tengo una pequeña pega: los personajes secundarios. Tan bien construidos y luego un poco desaprovechados. La trama, aunque tenga ese bajón, está bastante bien hilada. 

Eso sí, la crítica está bien visible. Nadie puede frenar el cambio climático por sí solo. Todos tenemos una implicación en ello y son las decisiones de TODOS lo que cambia los acontecimientos. Es la conclusión principal que yo saqué del libro. 

Opinión personal

La verdad es que el libro me encantó. A mi personalmente me gusta más la trama que el desarrollo de personajes (que también, pero si la trama es buena salva un poco esa parte) y en esta novela se difumina, pero me enganché a leer y hasta que no lo terminé no paré. Me gustaban los personajes, empatizaba mucho con Patricia y querer saber como llegaba hasta el final en su misterio es lo que me enganchó. Yo lo recomiendo, aunque es más una historia de "amor" que de ciencia ficción o fantasía. 

También me ha hecho reflexionar sobre lo difícil que es encontrar libros de autores trans. Me costó dios y ayuda y tuve que buscar mucho en San Google. Hay un gran desconocimiento de este colectivo dentro de la literatura y espero haber dado un paso para corregir eso.   

lunes, 19 de octubre de 2020

Cada Seis Meses, de Clara Duarte


Holi holi! Hoy es el Día de las Escritoras así que voy a aprovechar para subir una reseña de la segunda lectura para el #LeoAutorasOct. Tal y como expliqué en la anterior reseña, me he propuesto recomendar libros que estén en la biblioteca para reivindicar la labor de democratización de la cultura que se lleva a cabo en estas instituciones. En este caso he elegido eBiblio de la Comunidad de Madrid, plataforma de préstamo de ebooks. 

Hoy voy a reseñar Cada Seis Meses de Clara Duarte. Ya había leído Luna 147 y me gustó bastante. Este libro ya... me ha enamorado. Así que, dentro reseña.

Sinopsis

Hana conoce a Ro. Ro conoce a Hana.

Hana es esta chica medio coreana que reparte los pedidos del wok de sus padres, y Ro aparece de pronto. Ro es alta como Madrid y las farolas. La historia de Hana y Ro empieza así: una pelea. Un supermercado. La puerta rota de un baño sucio. Un piano electrónico y ocho plantas con nombre. Es cutre y torpe, como todo, pero es bonita. Es normal. Hana piensa, durante ese verano: «esto podría durar para siempre».

Hana se duerme el 31 de agosto.

Cuando despierta, Ro no está. Ro no existe. Nadie la recuerda, nadie parece haberla conocido. Todo lo que tiene que ver con ella ha desaparecido, y la única que la recuerda ahora es Hana.

¿Cómo sería tu vida si solo existieses seis meses al año?

Reseña

Primero lo primero: la forma de escribir de la autora. Me ha encantado esa mezcla onírica con la simpleza de una vida cotidiana. Hace patente lo que es ese "filtro" que tiene el mundo cuando estamos en pleno enamoramiento. Las metáforas de las plantas creciendo y floreciendo alrededor de Hana me han parecido preciosas. Y las frases cortas y las repeticiones, a mi parecer, le dan contundencia a las emociones. 

Los personajes me han parecido TAN REALES. Que tengo amigas así, tal cual. Me han encantado todos y cada uno. La familia también me ha parecido adorable. Me he enamorado un poquito de Ro, no lo puedo negar. Y de Paco.  

Toca un tema un poco delicado, como puede ser las drogas y la normalización de éstas que... me han hecho recordar viejos (y nuevos) problemas respecto a las adicciones y eso me parece que se aborda muy bien, no desde la criminalización.

Opinión personal

Ya como dije en la reseña anterior, tenemos autoras actualmente que escriben super bonito y super bien y que deberían tener más relevancia. Clara Duarte es una de ellas. 

A parte de tener ese toque de misterio (¿Dónde está Ro?) que tanto me llamó de primeras la atención, sabe darle un toque mágico a lo mundano que hace la vida más bonita. Es una historia de amor, pero sobre todo es una historia de lucha y de superación, de amistad. No te deja ni un solo segundo de respiro. Lo recomiendo 100%. 

jueves, 15 de octubre de 2020

Reto Escritober. Día 15. Baile.

 Baile de máscaras


─No te portes mal, eh, Ginesa.


La niña puso los ojos en blanco. Estaba sentada en una silla dibujando. Si sus padres no trabajaban de camareros, ¿qué hacían allí? Iban vestidos con perfectos trajes y llevaban y traían las copas en aquel extraño baile de máscaras. Como no había sitio donde dejarla, la habían llevado allí y en un rincón de la cocina los cocineros le echaban un ojo. Estaba aburrida como una ostra. De vez en cuando se levantaba sin que nadie la viera y se comía alguno de los restos que los invitados no cogían de las bandejas. A través de la puerta corredera, veía el gran salón.


Los detalles eran dorados y clásicos. Un gran mapa se dibujaba en el suelo en tono sepia, como los mapas antiguos que su padre guardaba en el cajón de debajo de la tele. Los asistentes llevaban elegantes vestidos de pedrería y telas de raso. A Ginesa le habría encantado vivir en esa casa, pero tampoco le disgustaba su pequeño piso en Madrid.


En uno de sus momentos de aburrimiento, una voz surgió a sus espaldas.


─¿Eres una niña? ─ella se giró, buscando quien hacía semejante pregunta. ─Mi padre me había dicho que los niños no podían ir a la fiesta.


El niño llevaba un pijama con solapas. 


─No estoy en la fiesta, estoy en la cocina. ─Parecía evidente.   

─¿Cómo te llamas?   

─Ginesa. ¿Y tú?

─Roberto Guerrero Hernando. ─El orgullo que salía de sus labios al pronunciar sus apellidos provocó en Ginesa un extraño escalofrío.


Ya había leído ese apellido en algún lugar. Vaya apellido, recordó que pensó. Era la carta en la que se comunicaba que el receptor de la herencia de la tía Tere la había recibido un tal Gonzalo Guerrero. La tía Tere, la señora que siempre traía piedras de diferentes formas y colores, como las amatistas, los cuarzos y las fluoritas que guardaba en la mesilla de noche. La tía le había regalado a su madre un libro que decía que valía más que la vida de nadie. Debía guardarlo bien. Cuando falleció, toda su herencia pasó a un pariente lejano. Y de entre sus cosas, ese pariente solo solicitó una cosa. Ese extraño libro. No podían permitirse las costas del juicio. Su madre tuvo que dárselo. La pintura se rompió entre los dedos de Ginesa. 


─¿Y hay algo entretenido que se pueda hacer en esta casa que no sea esa tontería de fiesta?

─¿Te dan miedo las brujas? ─le preguntó este.

─¿Las que no existen? No mucho.

─¡Si existen! Te lo puedo demostrar.


Había sido muy sencillo. Ginesa cerró la puerta con cuidado. Roberto encendió una vela porque supuso que así ella se asustaría. Pero ella solo vio magia en aquella biblioteca. Miles de libros en una pared llena de estanterías, detrás de una mesa de oficina. El niño se subió sobre una silla y cogió un libro viejo. Lo puso delante de sus ojos verdes. Lo abrió. Tenía extraños dibujos ante los que Ginesa no pudo evitar quedarse hipnotizada.


─Dice mi padre que solo las brujas pueden leerlo. 

─¿El qué?

─El libro ─contestó, confuso.

─¿Pero no sabes leer? 

─Si. Y te digo yo que esto no es ningún idioma. Vamos, lo dice mi padre.


Ginesa si lo podía leer. Pero no se parecía al castellano. Sintió un escalofrío. Era el libro de la Tía Tere. Miró a Roberto y apagó la vela entre ellos. Intentó arrebatarle el libro pero sus manos lo agarraban fuerte. Hizo como que se caía al suelo.


─Ouch.

─¿Estas bien?

─No, siento como si alguien hubiera tirado de mi ─mintió.

─¡¿Qué?¡ ─preguntó, con auténtico terror en su voz.

─Será mejor que nos vayamos.     


El crío abrió la puerta, saliendo el primero. La luz que entraba del pasillo iluminó parte de la estancia y vio el brillo de unos ojos detrás de la puerta. Era su madre, de pie, rígida. ¿Cuánto tiempo llevaría ahí? Se llevó el dedo a los labios y Ginesa salió pálida pero sin decir nada. Cerró la puerta a su espalda.  


miércoles, 14 de octubre de 2020

Reto Escritober. Día 14. Música.

Música


Había tanto humo que a Nikki le escocían los ojos. Estaba en una iglesia pero no precisamente rezándole a nadie. Estaba en una fiesta. Allí corría el alcohol y las drogas como si fueran gratis mientras que la música amenazaba con romper sus tímpanos. Mouse tenía tres pastillas metidas en una bolsita de plástico y afirmaba que era la primera y última vez, que no quería que se engancharan. Héctor cogió una y con una cerveza se la tragó.


─¡¿Pero qué coño haces?! ─preguntó Nikki intentando que su voz se escuchara por encima de la música y la vibración de los altavoces. Le quería matar. Él se encogió de hombros.

─No seas aguafiestas ─dijo Mouse sabiendo que le iba a caer una bronca por meterse entre ellos.

─Eres la peor influencia del mundo.


Él respondió dejando que su cabeza bailase. La luz era epiléptica y el mundo se movía como a trompicones. Héctor desapareció. 


─¿Cuándo dices que vienen tus amigos?


Estaba visiblemente incómoda. Odiaba conocer a gente nueva. Pero lo necesitaba. Desde que habían llegado no salía del nido. No había ido de fiesta en su vida, aunque sabía que se lo podría pasar bien con una ingesta elevada de alcohol.


Mouse metió un trago a la cerveza y señaló con la cabeza a un grupo que se abría paso entre la gente. Eran más de diez personas. Se las presento a todas, cuyos nombres desaparecían en su memoria y entre los fuertes ritmos. Para empezar pidieron una ronda de chupitos mientras Nikki barría aquel sitio buscando a Héctor. Se lo encontró enrollándose con alguien. Cogió la pastilla y se la tragó con el chupito.


─Se lo está pasando bien. Pero que yo le vigilo ─explicó Mouse gritando en su oreja. 

─Tu a este no le confíes mucho nada que te importe… ─dijo una chica que tenía el pelo rosa chicle. Creía que su nombre era Aura.

─Oye pero como te pasas ─se quejó él.

─Menos mal que estamos nosotros aquí para alejarle de ti. ─El chico, que se había presentado como Proud, le sonreía con especial interés. ─¿Te apetece que te invite a una copa?

─Uy como se nota que hay carne fresca delante. ─Una chica con una cresta le empujó de broma.

─Totalmente, es ver a una chica y ponerse suave suave ─dijo Mouse.

─Bueno, solo intento caerle bien. ─Estaba rojo como un tomate. ─Meterla en nuestro selecto grupo. 

─A ella y a todas. Yo conozco a… ─Aura la miró. 

─Nikki.

─Nikki ─confirmó. ─La conozco de toda la vida y te digo que si quieres ligártela vas a tener que currártelo más. Es una tía dura de pelar. 

─¿Amigas de toda la vida? ─preguntó Proud.

─Si, amigas. ─Alzó su cerveza para chocar la con la de Nikki, que sentía que un sentimiento de euforia la estaba devorando. ─De ahora hasta el resto de nuestra vida.


La música lo envolvió todo. Cuando despertó al día siguiente solo recordaba bailar, casi convulsionar, saltar. Hablar, hablar demasiado. Encontrar a su hermano entre el gentío y quizá, en la soledad de la noche, llorar abrazados. Intentaba recapitular cuando se giró en la cama. Proud dormía a pierna suelta a su lado.        


martes, 13 de octubre de 2020

Bajo el Metal de Irene Morales

 


Voy a hacer un paréntesis en el Escritober para subir las reseñas de los libros que estoy leyendo por el #LeoAutorasOct. Como opositora para bibliotecaria y lectora (e intento de escritora) que soy, me he propuesto recomendar libros que estén en la biblioteca para reivindicar la labor de democratización de la cultura que se lleva a cabo en estas instituciones. En este caso he elegido eBiblio de la Comunidad de Madrid, plataforma de préstamo de ebooks. 

Hoy le toca el turno a Bajo el Metal, de Irene Morales. Ya había leído un relato de la autora y sabía que me iba a gustar mucho la forma de escribir que tiene. Así que, al lio.

Sinopsis

Japón, 2304.

Hotaro e Ichiro son dos mecatrónicos de los bajos fondos de la desértica ciudad de Tokio. Su fama de aceptar cualquier encargo, por truculento o retorcido que sea, lleva a un capo de la mafia a proponerles un nuevo y jugoso trabajo: arreglar y actualizar al último neómano del país, un androide ilegal al que planea subastar entre las altas esferas. El problema surge cuando Hotaro, encargado de la actualización de Akaashi, el androide, empieza a sospechar que no solo los pujadores están interesados en el robot y que un solo paso en falso podría desencadenar la destrucción (o salvación) de la ciudad.

Reseña

Como ya he remarcado antes, la forma de escribir de la autora me parece preciosa. Delicada pero a la vez certera y fuerte. Los detalles de cada uno de los personajes: el pelo blanco, las pupilas plateadas y doradas, el cielo anaranjado, los negros, los blancos y los grises de la ropa. Podía imaginarme todo como si estuviera viendo un anime, pero tan real a la vez. El sistema de castas, la desertización, que los ricos sean muy ricos y los pobres muy pobres me recuerda un poco a ese futuro (o no tan futuro) que podría desencadenar este capitalismo feroz en el que vivimos. 

Los miembros del Katowl me han encantado. Hotaro, que no para de liarla. Nanase, una persona más bien silenciosa e Ichiro, que tiene ese toque irónico. Son personalidades muy marcadas, muy bien definidas, tanto que te sientes parte del grupo. Dan ganas de echarle un poco (bastante) la bronca a Hotaro. 

Me ha faltado un poco de Sen y Akane, ambas tan diferentes pero tan enamoradas. Resalto sobre todo a Karma, que me recuerda a mi un poco, queriendo hacer el mundo arder si con ello puedo rescatar a mis amigos. 

Y Hotaro y Akaashi... que voy a decir. Se enamoran de una forma preciosa, viendo lo que hay dentro de cada uno. Y bueno ESA escena de la que no voy a hablar pero: wow, cómo está explicada. 

Aunque me ha encantado en todos los sentidos, si que me he hecho un poco el lío con el epílogo y con los parentescos. Creo que necesito una relectura porque hubo detalles que me perdí por estar deseosa de saber que pasaba con la historia de amor, lo reconozco. 

Opinión personal

A veces esperamos de la ciencia ficción que nos cambie los esquemas social y tecnológicamente hablando. Pero también, en tiempos pasados y aún en la actualidad, a algunas personas les es imposible amar lo desconocido o lo diferente. Dejar de odiarnos por características diferentes no es una fantasía, pero lo parece. Una historia de amor puede romper los esquemas del presente. Y bueno, no sé si la autora quería esta reflexión o si se entiende bien, pero es algo que me ha hecho pensar bastante.

Otra reflexión es: puede que en el siglo pasado existieran autores famosísimos y buenísimos  pero AHORA también existen. Que mejor que darles su espacio en el tiempo presente y futuro, que es lo que se merecen. 

Escritober. Día 13. Un día de mala suerte.

Mala suerte


Raluca estaba nerviosa. Miraba el horno cada poco tiempo. Había preparado la mezcla antes de ir al instituto pero solo contaba con los minutos que le dejaban los amigos de Velkan de ventaja. Se le daba fatal cocinar así que espero no envenenar a nadie. Por suerte, Velkan sería el primero en probarla.


La puerta se abrió y ella contuvo la respiración. "Dijeron que me avisarían cuando se acercasen a la calle" se quejó mentalmente. Mamá asomó la cabeza por la puerta.


─¿Está ya el cumpleañero? ─Cerró la puerta con el talón. Llevaba el maletín de las operaciones.

─Pensaba que eras él. ─Se llevó una mano al pecho. 

─Espero que le guste el regalo que le he comprado. 

─¿Qué es?


Su madre le puso el libro encima de la mesa. Era papel. Sus ojos brillaban como dos luciérnagas. Raluca pudo sentirlo en sus manos, aquel tacto extraño que sus dedos reconocían de algún recuerdo muy escondido en su memoria. Era antiguo, la portada estaba un poco borrada. Pero rezaba "Anatomía de los dinosaurios". Había ilustraciones y explicaciones detalladas.


─Le va a encantar. 


El horno sonó. Toda la casa olía al bizcocho de zanahoria. Su madre roció todo el salón con un potente ambientador. Una sorpresa era una sorpresa, aunque Velkan ya lo sabía. Todos los años la misma puesta en escena… pero él siempre se hacía el sorprendido, siempre sonreía y las abrazaba. Ese día no sería diferente. Puso las velas, en forma de 1 y 7, y espero para encenderlas cuando sonó un mensaje en su reloj. Está ya en el portal, decía. Menos mal que les había dicho que la avisaran en la calle. 


Mamá se sentó en una silla, ocultando el libro bajo un trapo de cocina y Raluca volvió a meter el bizcocho en el horno, apagado esta vez. Entró como si no fuera su cumpleaños. Ellas saludaron como si no fuera su cumpleaños, pero cuando cerró la puerta y fue a entrar en el pasillo rumbo hacia su cuarto pudieron ver su media sonrisa de saber perfectamente lo que iba a pasar. Una vez en su cuarto, se escuchó desde la cocina como dejaba sus cosas en el suelo y se quitaba los zapatos. Mamá y Raluca se miraron y con un asentimiento cogieron la tarta mientras encendían las velas. Llegaron a la puerta y él estaba de espaldas, pero esperándolas.


─Cumpleaaaaños feliz… ─cantaron. Se giró con esa gran sonrisa que achinaba sus ojos y le hacía unas arruguitas muy monas en la nariz. ─Te deseamos nosotraaaaas, cumpleaaaaaños feeeeliiiizz…


Cogió el bizcocho y dejándolo sobre su escritorio nos abrazó. Bien fuerte, como si fuera la última vez que estaban allí, los tres. Los minutos pasaban largos pero extraños. Entonces se separaron como si no quisieran hacerlo.


─Ay, tengo que ir a por una cosa. Esperadme aquí, eh. ─Su madre salió corriendo al salón. Iba a por el regalo.


Su hermano le pellizcó la tripa a Raluca.


─Te toca probarla primero. Este año la he hecho yo y si esta mala, te tienes que sacrificar por la familia. 


Alzó las cejas y metió todo el dedazo en el bizcocho. Lo probó y puso cara de asco antes de sonreír. Un gran pedazo que había cogido con disimulo mientras su hermana esperaba su reacción acabó esparcido en la cara de Raluca. Ambos se troncharon a reír. Escucharon que su madre decía algo. No supieron bien el qué. Un segundo más tarde soltó un grito que si pudieron escuchar.


─¡NIÑOS HAN VENIDO! ¡TENÉIS QUE MARCHAROS! COGED LA MOCHILA DEL PÁNICO. 


lunes, 12 de octubre de 2020

Reto Escritober. Día 12. Estación favorita.

 Estación favorita


La estación favorita de Aura era el otoño, o lo que decían que era el otoño. Tenía la teoría de que el otoño era solo una campaña de ropa, porque en la Ciudad no había mucha diferencia. Siempre llovía. Solo difería el tipo. Con la llegada del calor era lluvia tropical, fuerte y húmeda. En los meses fríos era seca, a veces ligera y otras irrefrenables. 


Pero lo que más le gustaba era pasar de la ropa de calor a los jerseys gruesos porque en su habitación nido, que pegaba al sitio más alejado de los generadores y con las rejillas de ventilación jodidas, los cambios de tiempo se notaban un montón. Preferiría mil veces ponerse todas las capas que podía a no poder quitarlas más capas. A cambio de tener que hacer tantos malabarismos para vivir allí, tenía la habitación más grande. La cama era de matrimonio y las dos "mesitas" que la rodeaban tenían el suficiente espacio para un calentador de agua para el té y una planta. Decían que quitaban oxígeno, pero tampoco es que las rejillas de ventilación medio jodidas…


Pero también tenía espacio para algo más. Tenía su propio laboratorio portátil para experimentar y trabajar. Era psicóloga, pero estaba especializada en bioingeniería. Su proyecto consistía en chips que percibían desajustes de neuroquímicos. El único problema es que en la Ciudad solo experimentaban los laboratorios de las corporaciones principales, en las que solo entraban los hijos de alguien. El resto de estudiantes de ciencias tenían que contentarse con buscarse la vida en algún sitio donde aún necesitase a alguien humano para trabajar. Por eso vivía en una habitación nido, dos metros de profundidad, dos metros de largo y un metro de alto. Y eso que la residencia de estudiantes era más barata e irónicamente, de estudiantes como sinónimo de personas con recursos limitados.


Alguien llamó a la puerta metálica de su nido. Un botón al lado de la entrada abrió la puerta. Nikki estaba ahí, que aunque estuviera de pie, solo podía ver su cabeza. Aura se asomó. Su mejor amiga iba en pijama, con unos calcetines gruesos de lana sintética.


─¿Qué haces aquí? ¿Hoy no curras?

─Es sábado, tía. 

─Ah sí. ─Aura cayó en la cuenta. ─¿Por qué estás en pijama?


Nikki sonrió, torciendo la boca. Oh no, pensó Aura. Sabía que significaba eso. 


─He pensado que podrías invitarme a un té y ya nos veíamos una serie. 

─¿Qué ha pasado ahora?


Su amiga no espero para subir a su cama. Aura cerró con un largo suspiro.


Reto Escritober. Día 11. Estrellas fugaces.

Estrellas fugaces


No puedo parar de pensar en sus ojos. Eran como el vacío en el que me lanzaba a cada segundo, como un pensamiento recurrente en el que me hundía una y otra vez. Hacia calor, quizá fuera aquello que solían llamar agosto, pero no podía saberlo con certeza porque en el búnker no se podían distinguir las estaciones. Ella no podía apartar la mirada del cielo sin luna, mucho más oscuro del azul habitual que otorgaba su luz fantasmagórica. La Vía Láctea podía verse con total claridad, y más para nosotros, que podíamos ver incluso las estrellas y galaxias más lejanas. Una estrella fugaz recorrió sus brillantes ojos negros justo cuando decidió mirarme.


Una mano invisible aplastó mi corazón y sabía que aquel recuerdo permanecería en mi memoria. Nunca había sentido esa sensación de ser el mismo polo de otro imán, irremediablemente atraído hacia la persona de cuyos ojos vi, meses más tarde, apagarse la vida. Yo se la he arrebatado.


Pero mi mente, traicionera, me recuerda sus ojos. Una y otra vez ella se gira para mirarme, en un movimiento que parece una auténtica pesadilla. Ojalá hubiera acabado conmigo, ojalá me hubiera dejado morir. Como había muerto en cada uno de sus suspiros, en cada uno de sus caricias, de sus mordiscos. Pero ellos sabían que era peor el castigo que me autoinfligía.


"Deja de ser tan débil, esa zorra iba a matarte" susurró la voz de mi compañero de mente. 


sábado, 10 de octubre de 2020

Reto Escritober. Día 10. Un lugar especial.

 Un lugar especial


No sabía si era una cita. Pero si lo era, era la peor cita que había tenido en su vida. Para empezar, Mouse le estaba haciendo subir nada más y nada menos que dieciséis pisos por las escaleras, porque no le gustaban los ascensores. Le había empezado a odiar en el tercero.


─Ya estamos llegando ─canturreo. Era la cuarta vez que lo decía. No habían llegado aún, ni lo harían hasta cinco pisos más arriba.


Abrió la puerta, intentando coger aire, mostrando una planta desierta y abierta, solo sujeta por las paredes interiores, las de carga. Llevaba en la mano una caja de seis cervezas. Nikki sentía que se le iban a salir los pulmones por la boca. Una vez se recobró, no pudo quitar la mirada de las vistas. No era de noche aún, atardecía. En la Ciudad no se percibía mucho, pues se pasaba de un iluminado blanco grisáceo al más negro de los colores. Pero desde allí, algunos rayos de sol atravesaban la curvatura de la cúpula y entraban, dejando ver unos reflejos naranjas y brillantes. 


─¡Bienvenida a mi sitio favorito en el mundo! 

─Es… increíble.

─¿Enserio? Estaba siendo irónico. Bueno, en realidad es mi sitio favorito...pero es un poco lamentable.


Había dos hamacas de playa dispuestas para contemplar el casi invisible sol. En un plano más cercano, los altos y acristalados edificios reflejaban los neones, las pantallas de televisión, los hologramas. Se camuflaban entre la niebla, pero los rascacielos eran imponentes. Era bonito, pero a la vez agobiante. Desde abajo daba la sensación de estar perdido en un bosque del que no se puede salir por mucho que escales los edificios. Desde allí arriba el nudo de la garganta de Nikki se deshacía. El mundo se abría para ellos. 


Él abrió un botellín y se tumbó en una de las hamacas. Una ligera llovizna golpeaba contra una amplia sombrilla. Ella también se sentó y se abrió otra cerveza.


─Eres la primera persona a la que invito a venir.

─¿Tan enamorado estás de mi? ─preguntó Nikki con sorna.

─No he amado a nadie tanto como te amo a ti, si. ─Se echaron a reír. ─Aunque me gusta más tu hermano.

─Me lo suponía. 

─Nikki ─la llamó. Ella se giró, mostrando una enorme sonrisa. Se había dejado el largo del pelo por los hombros y el flequillo demasiado corto. Le quedaba bien el nombre que él la había puesto. ─No creo que vaya a poder seguir ayudando en la Iglesia.


Puso cara de confusión.


─¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

─No creo que sean buenas personas. Siento que se están aprovechando de vosotras.


Sonrió, con esa expresión suya de “ya lo se”. Nikki siempre lo sabía todo.


─Necesito hacer algo. 

─Os estáis poniendo en riesgo.

─Lo sé. ─Agachó la cabeza, mirando su cerveza mientras quitaba la pegatina de la botella. ─Pero es la única manera de sentirme viva. Sobrevivir no compensa este hambre… 

─Bueno… en ese caso, tendré que seguir yendo con vosotras.


Nikki junto exageradamente las cejas.


─No seas cazurro. Si no quieres ir no vas y es más, no te voy a dejar ir.

─Nadie va a poder separarme de ti en la vida. Inténtalo venga, impídemelo.


Soltó un largo suspiro. Mouse era imposible. Pero, cuanto más tiempo pasaban juntos, más se daba cuenta de que una cadena gruesa les estaba uniendo. Ya sea para ahogarlos, ya sea para fortalecerlos. Bebió otro trago de cerveza. Ellos eran como esos rayos de sol que traspasaban todas las barreras artificiales posibles. Sabían que, aunque eso les matara, no podían detenerse. 


─Quiero que vengamos aquí siempre ─dijo Nikki. Se miraron. ─Ahora también es mi sitio favorito. 


miércoles, 7 de octubre de 2020

Reto Escritober. Día 7. Cicatriz.

CICATRIZ


Siempre me contabas antes de dormir que la tatarabuela o quizá la abuela anterior a ella decía: el mundo va a cambiar porque no puede mantenerse en el filo de lo imposible eternamente. Y si, efectivamente había cambiado. A peor. Embarazada me dabas las buenas noches bajo unas escaleras de metal, en algún punto indeterminado entre el suelo y el centro de la tierra. Yo soñaba con las estrellas que pocas veces había visto. Pronto podremos volver a salir a la superficie, decías, somos como las raíces que arraigan en la tierra para florecer ante la luz del sol.


Ojalá hubiera sido verdad, mamá, pero los aerodeslizadores patrullan las fantasmagóricas ciudades buscando a los humanos extraviados que viven fuera de la ciudad. Las bombas sónicas intuyen donde nos escondemos, porque aun seguimos retorciéndonos bajo la tierra, e intentan aniquilarnos. No siempre ha sido así. Hubo un tiempo de paz antes de la guerra. Más que paz, olvido. Se olvidaron completamente de que existíamos. Aunque ya se habían olvidado de antes: habían construido su propio paraíso de pago. Aquello no era algo accidental, algo que se hace sin darte cuenta, no. Había llevado sus años de construcción, de entradas de hipotecas, de reubicación de servicios, de mudanza. 


¿Qué por qué empezó una guerra? Nadie lo sabe y todos lo saben. En las noticias de Red a la que no tenemos acceso dicen que perpetramos un atentado terrorista con una arma biológica o que se yo. No hay nada que me hubiera gustado más, la verdad. La cosa es que sin querer dejaron libre al monstruo. Parecido a los que salen en relatos del tal Lovecraft. El miedo que infunde es primitivo y visceral. Temen que se vuelva en su contra y barren la vida, la poca vida que queda sobre la faz de esta tierra abandonada. 


La cicatriz es profunda entre humanos. Nunca perdonamos, nunca olvidamos. Por eso estamos aquí, ¿no? La balanza se ha roto porque la justicia no es igual para todos. Pero ganaremos, mamá. Volveremos a caminar sobre la Tierra, aunque quede baldía, aunque sea por una última vez. 




martes, 6 de octubre de 2020

Reto Escritober. Día 6. Demonio interior.

 Demonio Interior


Antes del incidente de la Sección 23b, los pocos niños que nacían en el búnker crecían creyendo que ese era el único mundo que existía. Un planeta cilíndrico, en el que el cielo era la pared tosca y llena de fluorescentes y el suelo era más hormigón sucio. No fue algo intencionado, simplemente nadie se dio cuenta de lo mucho que se modifica la narrativa al nacer en un mundo completamente distinto. Los niños hablaban de cosas extrañas que los más ancianos no comprendían, pero sabían que la brecha generacional no les permitiría entenderse y que eso era cosa de críos. Era una cosa de críos hablar de subir más allá de la luz de los fluorescentes.


Equix había sido el primero en llegar al búnker. Por eso se dio cuenta de lo que significaba aquello. Querían saber qué había al otro lado del acero y de los sedimentos acumulados durante siglos. Lo vió en los ojos iluminados de los niños, de iris de colores y ojos brillantes cuando les admitió que fuera había todo un mundo por conocer. Su mejor amigo, Gontz, juró y perjuró que iba a ser el primero en averiguarlo. Y él, como no, le acompañaría allí donde fuera. 


Gontz era el hermano pequeño de War, que solo tenía quince años cuando consiguió el mando del bunker. Era ella la que había encontrado a Equix hecho un ovillo en el suelo, casi muerto. No era un niño cualquiera, sus ojos lo demostraban. Pero no dudo en salvarle, en acogerlo. Le debía la vida. Por eso, si Gontz tenía que ir con alguien, iría con él.


Un día cualquiera, esperaron a que el búnker se quedase en completo silencio. Los guardias hacían rondas, pero ellos eran rápidos y ágiles y se escapaban por debajo de sus piernas, entre escondrijos que el propio Equix creaba. 


Había una grieta en la última planta o, en la primera, según como se vea. Ésta conducía a los túneles del metro, ya abandonados, pero ellos sentía que entraban en el agujero que escarbaba un gran gusano. Vieron una de las salidas y, con precaución, subieron cada uno de los escalones. 


Equix nunca olvidaría la cara que puso Gontz al ver el cielo. Pudo verlo todo un segundo antes de darse cuenta. Le tapó los ojos con la mano. Iba a hacerle daño tanta claridad, pero susurró:


─Es azul. 


Si, lo era. Tardó un tiempo en acostumbrarse antes de dejar de sentir el dolor. Altos prismas crecían de la tierra, como bunkers invertidos. Tenían huecos, como los agujeros de una extraña flauta. Gontz dejó que sus piernas se movieran solas. Entonces se giró y gritó a Equix.


─Tu la llevas.


Echó a correr, pero Gontz le dejó ventaja. Si le seguía le alcanzaría y prefería que el juego tuviera más emoción. Cuando su amigo se perdió por la puerta de uno de los edificios echó a correr y agudizó el oído. Podía escucharle reír mientras sus pasos le conducían escaleras arriba. Equix calculó unos diez pisos por lo menos, pero estaban entrenados de tanto recorrer su pequeño planeta. Entonces fue cuando escuchó el disparo.


No era culpa de nadie, simplemente nadie creyó nunca que eso podía suceder. Aquellos que nacían bajo tierra no sabían que pudiera vivir nadie sobre ella. Nadie creyó necesario contar que aquello no era así. ¿Qué necesidad? Se decían. ¿Por qué plantar el odio en semillas nuevas? 


Equix sintió que iba mucho más despacio aunque corriera a una velocidad de vértigo. Ya llegaba tarde. Abrió la puerta de la azotea y allí había tres personas junto al cuerpo tendido en el suelo de Gontz. Llevaban uniformes, uniformes que él conocía muy bien. Escuchó un siseo resonar en su cerebro, cada vez más pronunciado y alto, como una canica rodando en una tubería infinita. Apretó los dientes y su boca sabía a hierro. No les dio tiempo a reaccionar antes de desvanecerse. Como si fueran esculturas de ceniza arrastradas por el viento. 


Le flaquearon las rodillas y cayó de bruces contra el suelo. Se arrastró hacia su amigo, que miraba con los ojos bien abiertos al cielo azul. No pestañeaba. Tenía un agujero en la cabeza. Salía sangre. No respiraba. Miró sus manos temblar. Podía destruir el mundo solo con desearlo. Y lo deseaba con tantas fuerzas que iba a estallar. Algo se extendía dentro de él, como aquel horrible siseo. Algo le decía que debía acabar con todo o acabar consigo mismo. El terror le devoraba por dentro. ¿Era él un asesino, como los que habían matado a su mejor amigo? Se le nubló la vista. Seguro, pensó, que esto es una horrible pesadilla.